La Historia del Martillo.

Paul Watzlawick, en su libro «El Arte de amargarse la vida», cuenta la historia del martillo, por cierto un librito (bastante corto) muy divertido y escrito con bastante retranca (si, son cosas de psicólogos, pero si te animas a leerlo, seguro que tú también te diviertes un poco, es fácil de encontrar… en la red).

Tal vez no te haya ocurrido a ti directamente –a ninguno nos pasa, ni nos pasará- pero seguro que conoces a alguien a quien le haya pasado algo parecido.

Te invito a leerla, y si acaso a esbozar una ligera sonrisa.

«Un hombre quiere colgar un cuadro. El clavo ya lo tiene, pero le falta un martillo. El vecino tiene uno. Así pues, nuestro hombre decide pedir al vecino que le preste el martillo.

Pero le asalta una duda:

¿Qué? ¿Y si no quiere prestármelo?

Ahora recuerdo que ayer me saludó algo distraído. Quizás tenía prisa.

Pero quizás la prisa no era más que un pretexto, y el hombre abriga algo contra mí.

¿Qué puede ser? Yo no le hecho nada; algo se habrá metido en su cabeza.

Si alguien me pidiese prestada alguna herramienta, yo se la dejaría enseguida. ¿Por qué no ha de hacerlo también? ¿Cómo puede uno negarse a hacer un favor tan sencillo a otro?

Tipos como este le amargan a uno la vida. Y luego todavía se imagina que dependo de él.

Solo porque tiene un martillo. Esto ya es el colmo.

Así nuestro hombre sale precipitado a casa del vecino, toca el timbre, se abre la puerta y, antes de que el vecino tenga tiempo de decir «buenos días», nuestro hombre le grita furioso: «Quédese usted con el martillo, so penco».

Anímate a comentar si te has sentido identificado, o si tienes un familiar, amigo o conocido al que seguro que le pasa esto. (No digas nombres, por si acaso…).

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